martes, septiembre 20, 2005

CUMPLEAÑOS


Después de dos años regresé a Colombia. En aquellos días con la esperanza de los mejores tiempos que vendrían, con la alegría de haber descubierto el mundo, de haberme descubierto a mí mismo, con la felicidad de estar de nuevo en mi tierra, en mi ambiente, en mi atmósfera. Lizinha, con lágrimas en los ojos, me pedía que me quedara, que no me fuera, que nos casáramos para que yo pudiera legalizar mi situación, poder tener un mejor empleo y vivir juntos. Me despedí de ella con un dolor inmenso, pero la decisión estaba tomada, yo sentía una nostalgia tremenda de Colombia, de Bogotá, a pesar de que Rio de Janeiro es una ciudad maravillosa y allí la había pasado muy bien y había vivido cosas increíbles. Extrañaba los cerros bogotanos, mi gente, el acento de las bogotanas, a pesar de que las mujeres cariocas son las mas apasionadas del mundo. Extrañaba hasta el aguardiente, que antes de irme no lo soportaba. Algo me decía que mi camino aún no terminaba.

Llegué. Muchas cosas eran diferentes y había un ambiente de gran tensión por los diálogos de paz con la guerrilla. El reencuentro con los amigos fue grato. La rumba bogotana me recibió con todo su frenesí, y yo que ya venía caliente de tanta rumba en Río pues me entregué a ella con todos los fierros. Las sorpresas vinieron poco a poco: de repente, para algunas de mis antiguas compañeras de universidad (para quienes antes yo era simplemente el mancito buena gente) me convertí en todo un héroe, en una celebridad: que venga baile samba, que cómo es por allá, que como son las garotas... en fin. Muchas se habían casado, unas felices otras no, otras se habían descasado, muchas con hijos, claro, otras ya estaban en la búsqueda del amante, otras en la búsqueda de marido, todas, eso sí, con buenos empleos y con plata. Y claro, ya me miraban con otros ojos, ay Dios, que por eso me metí en líos. Y mis amigos, pues quedaban unos cuantos que me atendieron bien, sobre todo el Juancho, con quien le dí duro a la rumba. Sin embargo aveces sentía que en Bogotá la gente vivía con miedo, yo de eso me había olvidado. De tanta rumba y tantas bienvenidas sólo sobrevivió una botella de aguardiente que guardé en el guardarropa de mi cuarto.

Mucha alegría es verdad, pero por dentro algo se removía. Lo sabía, era el motivo de mi huída: Carolina. El Juancho me contó que había tenido una hija, que ya tendría como año y medio, el papá era un hijueputa que yo detestaba porque me la había quitado (¡qué quitado!, me decia un primo, esa vieja se lo dió a ese man porque quiso, no sea guevón). En las noches me preguntaba como sería la nenita, si sería parecida a ella, las imaginaba a las dos caminando por los parques, a Carolina jugando con su hijita y se me aceleraba el corazón, el corazón que ella había apuñaleado y que con gran dificultad Lizinha había puesto a funcionar de nuevo. Y claro, pensaba en Lizinha, en las noches de pasión, en los amaneceres en Río, desnudos, agotados, en los viajes por el interior durante las fiestas juninhas, haciendo el amor entre el monte, en la aventura en el yate de su amiga mafiosilla, en el regalo que me dió la última noche que pasamos juntos. Algunas veces llamaba a Lizinha y ella lloraba, me pedía que regresara a Río, me decía que las noticias que llegaban allá de Colombia eran terribles, que me fuera a su lado, que me amaba. Yo no sabía cómo explicarle lo que sentía (yo en realidad no entendía muy bien lo que sentía), sólo atinaba a decirle que era la saudade de Colombia, de Bogotá, lo que me había hecho regresar, ella me decía que su saudade de mí era mayor que cualquier otra. Yo no podía hacerle entender algo que tampoco yo entendía. Cuando le mostré a mi primo las fotos de mi estancia en Río me decía que cómo fue que me regresé a éste matadero teniéndolo allá todo. Yo le intentaba explicar, aún así en las escasas veces que veía las noticias o escuchaba a la gente empezaba a entender lo que me quería decir.

Conseguí trabajo tiempo después, mis habilidades con los números me hacían la vida más agradable, me proporcionaban dinero y alivio, a pesar de que tenía que soportar un ambiente de trabajo tan insoportable como el que había vivido antes de irme. Pensaba en Carolina pero no la llamaba. En esos días yo vívía con mi padre, que aún no había muerto. Algunas veces salía de rumba con mis compañeros de trabajo pero me aburría mucho, salíamos a lugares donde ponían una música espantosa: salsa de petardos como Victor Manuel, Gilberto Santarrosa, Rey Ruiz, el Gallo de la salsa, Jerry Rivera, toda esa mierda... no lo soportaba... siempre me iba temprano, salía huyendo de esos lugares. Además de eso, pues mis compañeras eran terriblemente ignorantes, aburridas, sólo hablaban de Betty la Fea, una cosa de verdad lamentable. Algunas estaban buenas, y claro, pidiendo pista, usaban minifaldas cortas, profundos escotes, a ver quién les metía la mano, imagino, cosa que no era difícil porque en esa empresa reinaba un ambiente de promiscuidad enorme.

Yo, juicioso trabajando, lo único que hacía de vez en cuando, y a escondidas, era fumarme mis batericos y nada mas. Hasta que una noche recibí la llamada fatal. Era ella, Carolina. Quise dármelas de duro, pero por dentro sentía que se me derretía todo. Me temblaban las piernas. El nudo en la garganta a duras penas me dejaba responderle. Mejor, así no le demuestro nada, pensaba. Pegado al teléfono fui hacia el guardarropa y tomé la botella de aguardiente, la abrí y empecé a tomar. El guaro me dió fortaleza, me dió serenidad para no pelear, para evitar que los celos volvieran a salir a flote y para no ponerme a llorar. Mis enfermizos celos habían sido la causa de que se dañara la relación, librarme de ellos era una lucha constante en mi vida y casi lo había logrado. Al final, luego de casi cinco horas de conversación, con la botella vacía, quedamos de vernos al otro día en el Parque Nacional.

Todo ese día fue la tembladera total, no sabía si el guayabo era por el guaro o por haber hablado con ella y haber aceptado volverla a ver. Pero tan pronto dieron las cinco salí del trabajo como alma que lleva el diablo. Llegué un poco tarde, había un trancón del carajo en la séptima, todo el tiempo en el taxi viendo el reloj, con el alma que se me salía. Ella ya estaba ella allí. Caminamos un poco, hablamos un poco y no aguanté y le pedí que me mostrara una foto de la nenita. Era igualita a ella, bella la nenita, hay Dios. Fuímos a Barra Café, por la Javeriana. Hablamos frente a frente, al rato ya estábamos tomados de la mano, poco después nos estábamos besando y finalmente llorando, yo como un guevón, claro, llorando con más sentimiento que ella, preguntándole que porqúe había pasado todo así, y ella también llorando, cual telenovela venezolana. Nos fuímos a hacer el amor, cómo no, antes de irnos ella llamó al papá de la niña a pedirle que se quedara con ella. Me sentía raro, pasar de ser El Novio, a ser el mozo.

La verdad es que el embarazo había cambiado su cuerpo, que sin embargo seguía conservando su esplendor, aunque ya estaba un poco magullado. Sus senos estaban mas pequeños, pero su bello culo seguía tan contundente como siempre. Ella me puso contra la pared, me preguntó si las garotas lo hacían bien, yo le dije que sí, me preguntó que si mejor que ella (ella es una gran amante), bueno... si, le respondí. Ella se agachó, me bajó la cremallera del pantalón, me sacó la verga y empezó a chupármela de una forma que me hizo ver estrellas. Ella es una gran amante, de verdad. Hicimos el amor como antes, con intensidad, con la furia de antes, sin condón, claro, ella, como antes, teniendo muchos orgasmos, entre gemidos me pedía que me viniera dentro de ella, y yo después de hacerlo mucho tiempo y aguantar para que ella se viniera más veces, para que recordara, claro, pues me vine dentro de ella y de nuevo me sentí pleno. Y volvimos a estar juntos.

Al día siguiente conocí a la nenita. Cuando llegué a su apartamento Carolina me abrió la puerta. Al momentico apareció una muñequita de menos de metro y medio, caminando a saltitos, que se abrazó a la pierna de su madre. De verdad que la nenita era una muñequita. Algo dentro de mí se transformó, me sentí conmovido.

Mientras dormía a la niña, esa noche, me habló de una fulana que tenía un lío con ella, la fulana le había armado problema y al día siguiente tenían que rendirle un informe a un tal Ricardo, que era su jefe. Que el tal Ricardo era un man superpinta, supergrande que se había comido a todas las compañeras de trabajo, incluída la fulana, y que por eso la fulana creía que le iba a ir bien con el informe y que ella, Carolina, iba a quedar mal. Los celos me invadieron. Me temblaron las piernas, me imaginé lo peor. Muy decentemente, le pregunté si ella también había estado con el tipo. Desgraciadamente al hacerle la pregunta la voz me tembló. Carolina me miró y con cara de aburrida me dijo que si iba a empezar de nuevo con los celos. Yo intenté disimular una falsa sonrisa y le dije que no, que sólo quería enterarme si había pasado algo para saber a qué atenerme. Ella se molestó, me dijo que no. La miré a los ojos, como lo hice en el pasado, a ver si me estaba mintiendo y muchas sensaciones antiguas y olvidadas revivieron dentro de mí. Me sentí fatal. Por primera vez, después de tres años, volví a sentir los celos, un corrientazo me recorrió el cuerpo, un calor me subió a la cabeza y sentí que me pesaba, que se me caía. No puede ser, pensé, si esto de los celos lo había superado. Ni con Lizinha ni con ninguna de las parejas que tuve había sentido eso... ¿porque de nuevo?. Tomé aire y me dije a mi mismo: no, este es un nuevo comienzo, miré a la nenita que ya casi se dormía y me calmé.

Desde ese día todas las noches salía de trabajo y me iba corriendo a ver a Carolina y a jugar con Paula, la muñequita. Los domingos íbamos a cualquier parque, a Salitre Mágico, a Centro Chía, a donde la nenita pudiera jugar y estar con más amiguitos o conocer animalitos. A la nenita le encantaba montarse en el carro, cada vez que llegaba decía: "Bibi, caro, Bibi, caro". Me llamaba Bibi. Esos meses fuí muy feliz. ¿Y el papá de la niña?. El hijueputa se quedó frío cuando me vió en casa de Carolina, unos días después. Nunca le hablé a ese malparido. Carolina me contó que cuando ella le dijo que nosotros habíamos vuelto el man lloró. Como no soy un hijueputa, pues me dió lástima del man, pero como el man me había hecho sufrir al quitarme a Carolina, el pesar me duró poco y pensé: pues bien hecho, que sufra ese hijueputa. Desde luego que Paula, la muñequita, enloquecía cada vez que llegaba el papá, así que siempre evité cruzarme con el man porque me daban celos, no de Carolina, sino de la muñequita, me daba mas bien envidia de ver a la nenita sonriendo tanto cuando llegaba el papá y gritando "papa, papa".

Mi primo me decía que yo era un guevón, que cómo iba a volver con esa vieja que me había puesto los cuernos y tenido un hijo de otro... en fin... que no me confiara... que una vez que le ponen los cuernos a uno se los ponen muchas veces más... yo le intentaba explicar que no había podido olvidarla y que esta vez yo iba a hacer las cosas bien, que no la iba a celar, que iba a controlar mis celos enfermizos, que fueron los que empezaron a dañar la relación en el pasado y que por eso no tendríamos problemas. Debo decir que Carolina aún estaba buena (aún lo debe estar, claro) ella tiene un bello cuerpo, una piel morena aceitunada suavecita, hermosas y contundentes piernas, unos muslos increíbles, bien formados, y sobre todo un gran culo, bellísimo, delicioso, que claro, hace que todos los manes se la quieran comer y le echen los perros. Y ella, como toda mujer, por supuesto, le encanta sentirse alabada, admirada, piropeada, en fin. En esos días ella estaba haciendo un posgrado y yo la recogía, yo la veía salir con la pinta de ejecutiva buena, minifalda, blusa, y quedaba atontado, se veía muy bien.

A los cuatro meses empezaron los problemas. Carolina empezó a perderse los viernes, me decía que se reunía con los compañeros de trabajo. Yo ni quería conocerlos, pues siempre he sido muy asocial, además porque me imaginaba que eran unos tremendos guevones, claro, como mis compañeros de oficina. Un domingo fuimos a almorzar donde su mamá. Doña Clara, su mamá, vivía con su otra hija, Angela. Iba a ver a Angela después de mas de tres años. "Debe estar mas buena que antes", pensé. Al almuerzo también estaba invitado el novio de Angela, pues era dizque para celebrar que el tipo había pedido su mano (uau, que de buenas, recuerdo que pensé). Antes de llegar Carolina me contó que el novio de su hermana era Ricardo, su jefe. ¡Como!... dije, sorprendido. Pues sí, resulta que Carolina los había presentado y claro, el man le había echado el ojo a su hermana.

Aquí debo decir que Angela, la hermana de Carolina, era (es) una mamasita, una mujer superbuena, divina de verdad, con un tremendo cuerpo y una cara hermosísima (la cara de Angela era mas bella que la de Carolina) que en más de una vez me hizo pasar momentos incómodos ya que yo la había conocido cuando aún era una adolescente y su belleza despuntaba derrochante, excesiva, exagerada y yo, por más que lo intentaba, no podía ser indiferente a ella, que hasta me pasaban por la mente malos pensamientos cuando nos íbamos de paseo y la veía broncearse con unas diminutas tangas y observaba ese cuerpo fresco, sin mácula (o sin tanta mácula mejor), aún no tan mancillado por la pesada mano del hombre.

¡Puta mierda!, pensé. Ese hijueputa ya me cayó mal. Ese sentimiento lo alimentaba la duda de si también se habría comido a Carolina. Y también que el man era ya un veterano, en esa época tenía 36 años. Que hijueputa, pues Angela tenía 20.

Llegamos al almuerzo. El man, era bien acuerpado, más que yo, mas o menos alto, tenía una pinta medio militar. Pues resultó que el man estaba metido de profesional voluntario del ejército, o algo así, y que entrenaba con el ejército todos los fines de semana. Mejor dicho, el man ponía el culo por el ejército. Yo siempre he desconfiado de los militares, de la policía de toda esa gente que es bastante criminal. Y lo digo porque tengo un familiar en un alto rango en el ejército y por eso se que esa gente es de lo mas corrupto y sucio que hay.

De entrada nos caímos mal. Muy grande y todo el man pero sin duda era un guevón. Lo sabía. La que si estaba mas buena que nunca era Angela. Claro, se notaba que ese man se la comía que daba miedo, pero es que estaba rebuena: delgada pero con su cuerpo contundente, un culazo (como el de su hermana, marca de familia), un rostro angelical, unos senos hermosos, bien sostenidos, redonditos, del tamaño perfecto y un cabello increíble, que cada vez que se movía emanaba de él un olor a jardín.

En medio del almuerzo surgió el tema del momento: la guerrilla y los diálogos de paz que ya se había acabado. El man entonces empezó a hablar bellezas del ejército, que lo uno, que lo otro. Yo lo dejé hablar. Debo decir, también, que si hay una cosa que he intentado hacer bien es enterarme de lo que pasa, de la verdadera historia de Colombia, leo mucho, no quiero que me metan los dedos en la boca ni los noticieron ni los periódicos, he viajado por Colombia también, de aventura y de trabajo y conozco mucho, bueno, lo suficiente, además pues sé muchas cosas de las cuales me entero por medio de mi familiar militar. Así que sabía por dónde atacar.

Lo primero que le solté, cuando el tipo dejó de hablar, fue el tema de los paracos. El hombre saltó. Defendió la dignidad del ejército y dijo que al fin de cuentas los paracos habían surgido para enfrentar a la guerrilla. Yo le di la razón, por supuesto, le recordé que el ejército, en los ochentas, le cuidaba las fincas a los narcos, que si no se acordaba. El man saltó. Ya me estaba acusando de guerrillero. Luego le dije que no veía como podía admirar a un ejército que en cuarenta años no había podido coger a Tirofijo, que pasaban y pasaban generales y Tirofijo seguía ahí. ¿No será que no les conviene, le dije, porque esa gente del ejército están viviendo de la guerra, se están enriqueciendo de eso, de nuestros impuestos, que están acabando los hospitales y la gente se muere sin atención por darle la plata a esos manes?. ¿Que estaban mandando a la guerra la juventud colombiana más pobre, que no tenía la capacidad de comprar la libreta, como lo hacían los que tenían plata?. ¿Y muchos regresaban mutilados, locos, y todo a cambio de que?. Le pregunté que si no se había enterado que los diálogos de paz los habían terminado los banqueros cuando en la mesa de diálogo se propuso que les pusieran un impuesto, pues eso manes, los banqueros, siempre ganan. Le recordé que un general de la república tenía tremenda colección de autos, cual mafioso. Aquí el man saltó de verdad y empezó a hablar duro. Carolina dijo que mejor salíamos. Angela me miraba super mal. Que pena con Doña Clara, cómo se sintió de incómoda.

Por el camino Carolina estaba furiosa. Desde luego que yo había sido un poco bocón, pero bueno, no había dicho ninguna mentira. Carolina me dijo que ahora ese man iba a pensar que yo era de la guerrilla o algo así. La verdad me sentí mal por eso, pues aquí es peligroso decir lo que uno piensa, y si uno no está de acuerdo con lo que dicen los medios (que es lo que dice la gente), ya lo van acusando a uno de guerrillero o de terrorista. Y si uno le dice las verdades a los que apoyan a la guerrilla pues lo acusan de para, de ultraderechista o lo peor: de uribista. Soy anarquista, agnóstico y escéptico y no creo en nadie ni en nada, sólo en mi santa madre, que ya no está y en mi viejo, que también se fue. Por eso de esos temas de política ya no hablo.

Ese día discutimos duro. Y esa semana fue lo peor. No me contestaba al teléfono, vivía con el celular apagado. Iba a su casa y nunca estaba, no quería que la recogiera después de las clases del posgrado. En su casa me recibía Doña Clara con la nenita. Yo me ponía a jugar con la Paula, la muñequita, lo recuerdo muy bien, con una granja que le habían regalado. Jugaba a imitar el sonido de los caballos (cállo, decía la nenita, a media lengua), de las vacas, de los perros, y la nenita se reía y me pedía que lo hiciera de nuevo (má, Bibi, má, me decía). Empezamos a vivir al vaivén, unas veces bien, otras mal. Unas semanas después todo empeoró. Carolina se seguía perdiendo eventualmente. Yo empecé a sentirme mal de los nervios. No podía dormir. Aveces la llamaba en mitad de la noche, a ver si estaba e su casa a esa hora, y ella se ponía furiosa. Nos encontrábamos y ella estaba diferente. Otra vez esta mujer me empezó a joder por dentro, pensaba, mientras ella a mi lado permanecía indiferente, arrogante, en su mundo. Ni mierda, pensaba, yo ya he salido de ésta, no puedo caer en la misma.

Carolina siguió con sus perdidas misteriosas. Hasta que no aguanté más y llamé a un detective. El tipo me citó, me dijo que eso no se hablaba por teléfono. Luego de que salí del trabajo fuí su oficina. Era mala caroso, un man que se notaba se había bajado a unos cuantos. Era un militar retirado, o del Das, en fin, mala cosa. Gordo, de bigote, de mala apariencia. Me dijo que me cobraba un millón de pesos por una semana, pero eso sí, me mostraba videos y todo. Pero si sólo tiene que seguirla un viernes, le dije. Que no, que el tipo trabajaba toda la semana o no trabajaba. Entonces nada, paila. Mucho menos cuando ví las fotos del man con uniforme.

Decidí hacer yo mismo el seguimiento. De algo me iban a servir los dos años en el grupo de teatro de la facultad. Fui a una tienda de disfraces y compré una peluca afro y barba y bigotes falsos de esos que se pegan con un pegamento especial. Luego me compré una chaqueta bien boleta en San Andresito, para parecer costeño y unas gafas oscuras enormes, que estaban de moda.

Ese viernes pedí permiso y salí temprano del trabajo, al mediodía. Fuí corriendo a mi casa y me puse el disfraz. Llegué temprano a donde trabajaba Carolina y me puse a esperar en una cafetería que quedaba en frente. Cuadré con un taxista que me recomendaron para que me llevara a donde fuera, por si las moscas. Recuerdo que el man me cobró a 40 mil pesos la hora. El taxista era un señor mayor, cuando me vió disfrazado habrá pensado que estaba loco. De camino a donde trabajaba Carolina le dije que necesitaba seguir a alguien. El man de una la cogió y me preguntó que si iba a seguir a mi esposa, de una se pilló que era una vaina de cuernos. Esperé y esperé. Salieron los trabajadores de la fábrica, pero ella nada. La llamé. Me dijo que aún estaba en la oficina, que luego iba a verse con su amiga Ana. Yo no le dije nada, me despedí, amoroso. Esperé. No salía. ¿Y si era verdad?. Me empecé a sentir mal, otra vez víctima de los celos, disfrazado además, como un guevón... me estoy enfermando de nuevo, pensé. Pienso que fue en ese momento en que empecé a sentir de nuevo las ganas de irme otra vez de Colombia.

Ya era tarde, estaba oscuro, iban a ser como las siete. El tipo del taxi se acercó y me dijo que entonces qué. Yo de todos modos quería esperar, pues ella no salía. Al momento salió un carro, de marca, lujoso. Era el puto ese, Ricardo malparido (que agradezca que no recuerdo su apellido si no aquí en este blog lo aventaba a ese gran hijueputa) ... y ella al lado. Sentí algo horrible por dentro, como una debilidad, como si me derritiera por dentro con lava o algo caliente y radioactivo. Eso no se lo deseo a nadie, a nadie de verdad. Mierda. Me dieron ganas de llorar, de irme donde mi mamá... pero ella ya no estaba... pensé en ella, le pedí que me diera fortaleza en ese momento. El carro salió y se fue rápido. Fui corriendo a donde el taxista y empezamos a seguirlos. El corazón se me aceleró cuando me dí cuenta que el hijueputa no se dirigía al lugar donde vivía Carolina, cerca a la Nacional. El man cogió para Ciudad Salitre. Jueputa. Sígalos, sígalos, le decía al taxista, supernervioso. Tranquilo muchacho me decía el señor, intentando calmarme. Llegaron a un edificio. Hasta ese momento no había visto nada raro. Pero ahí vino lo peor: mientras el portero abría la puerta el hijueputa le acarició el cabello, el rostro. Yo, atrás de ellos, veía su contorno, los veía de espaldas. Y ella se dejaba acariciar, luego el man se acercó y le dió un beso en la mejilla. Jueputa, me sentía morir de verdad, que dolor. ¿Porque me hace eso?, pensaba.

Entraron. ¿Y ahora que?, me preguntó el taxista. Nada, a esperar. Le pedí al man que fuera a comprarme media de aguardiente. Mientras esperaba el trago me puse a llorar de rabia, no quería que el taxista me viera en esas. Pero claro, cuando llegó yo estaba en plena lloradera. El man se conmovió. También me había comprado una soda, para bajar el guaro. Me sirvió un trago y trató de consolarme, de darme consejos. Me dijo que no fuera a armar ningún escándalo en la calle, que eso era peor. Me dijo muchas cosas: usted esta joven, consígase otra, mujeres es lo que hay, mire que uno se casa y al rato ya quiere estar con otras, etc, etc. Yo me sentía super mal, triste, hecho mierda, sin ilusiones... otra vez tocando fondo, como tres años antes... no puede ser... Le conté al taxista un poco de mi historia, llorando, lloré tanto que hasta las lágrimas hicieron que se me despegara el bigote y la barba falsos. En medio de tantas palabras el taxista me dio un gran consejo: si quiere sentir alivio mijo, hágale lo mismo, y que ella se dé cuenta, páguele con la misma moneda, la venganza es es el mejor remedio, hágale lo mismo a esa hijueputa.

Ya llevaban como media hora cuando decidí llamarla. No contestó el teléfono. Deben estar tirando, pensé, el hijueputa ese se la está comiendo. Me dió asco de todo, del mundo, de la sociedad, de Colombia, de todo... me dieron ganas de sapearla con la hermana... pero no, eso era de perdedores...

Por fin salieron, como a las dos horas. Ahora los tenía de frente. Las luces del carro del hijueputa me iluminaban. Eran como las nueve de la noche. Yo tenía puesta la peluca, las gafas negras, un poco de bigote. Los miré de frente. Ella me miro, fugazmente... pero no me reconoció... increíble. Peor aún... puso su manos en la nuca del man, acariciándolo. Luego lo besó. Puñalada, tras puñalada, ya mi corazon estaba muerto pero esa puñalada lo acabó de matar. Ese día entró el mal en mí, entró el veneno en mi corazón. Hasta ese día fui un tipo noble, sincero con las mujeres. Decidí que iba a volverme un cafre, un hijueputa. Puta, ese día decidí corromper mi alma para no sufrir más.

Los seguimos. El taxista todo el tiempo me insistía en la venganza, pero también en que me alejara de ella, en que habían mujeres que valían la pena en este mundo. El tipo la dejó en su apartamento y se fué. Yo esperé a que ella entrara. El taxista se fué a comprarme otra media. Esperé un rato más. Cuando llegó con la botella la llamé. Amorosa, cuchicheando, me dijo que había estado con su amiga Ana y que acababa de llegar, rendida, que estaba esperando a que el papá de la niña llegara con la nenita. Yo le dije que no podía visitarla esa noche, que mis compañeros de trabajo me habían hecho una invitación. Quedamos de hablarnos al día siguiente, se despidió cariñosa, fiel. Le pagué al taxista. El man me preguntó que si me llevaba donde las chicas malas, que lo mejor para sacarse a una mujer es estar con muchas mujeres. Yo no quería nada de eso. Le pedí que me acompañara mientras me bebía la media de guaro. Mientras tomaba el taxista me siguió dando consejos, contándome cosas de su vida, de una historia parecida que él había vivido. Me acabé la media y compré otra.

Llegué esa noche a mi casa. Mi papá ya estaba durmiendo, el viejo, con el televisor encendido. Lo apagué. El viejo abrió un ojo y tosió. La casa en silencio y oscura era lo más triste de éste mundo. Me encerré y lloré, hasta que me quedé dormido. Al día siguiente me desperté con un guayabo tremendo, cuando me desperté quise imaginar que todo había sido un sueño. Pero no, era la realidad. En el espejo del baño me veía con ese disfraz ridículo y me sentí peor. Ese día empecé a planear mi venganza. No me salió muy bien, pero esa es otra historia.

El hecho es que este año, 2005, pocos días antes de mi cumpleaños recibo una llamada. Es mi amigo Juancho, que me cuenta que lo llamó Carolina. ¿Quién?, le pregunto, extrañado. Si, Carolina. Yo con ella no me hablo desde hace como tres años, le digo. ¿Como?, me dice Juancho... si ella me llamó para invitarme a una fiesta sorpresa de cumpleaños que le está organizando. ¿Carolina?, le pregunto, la verdad que hace mucho que no hablo con ella. Pues que raro, me dice. Puta, nada, le digo, con ella no me hablo y paila, con ella nada de nada, lejos de mí.

Al día siguiente me llamó Carolina. Yo amable, pues que sorpresa volverte a escuchar, y ella, quetanto tiempo sin hablarnos, que cómo te fue por allá, y yo, pues bien, me especialicé y todo bien, y ella...¿y que, ahora con full trabajo?, y yo, pues sí, bueno, como tiene que ser... y la novia, me pregunta, y yo: pues bien (le mentí, luego pensé que el Juancho le habrá contado la verdad, que ahora no tengo novia), ella se quedó callada, ¿muy enamorado?, si claro, tu sabes que soy un enamorado... y ella, si claro, lo sé... ¿y la muñequita?, le pregunto... ¿mi princesa?... bien, linda, creciendo... muy inteligente... además es bien dominante con sus compañeritos de estudio... yo me quedo callado, recuerdo a Paula cuando me decía "Bibi, Bibi, caro...".

Ella me habla de su hermana, que ahora están peleando, que a su hermana se le metió en la cabeza que ella tiene algo con Ricardo, su esposo, que su hermana es una celosa obsesiva ... me quedo callado, me dieron ganas de decirle: pues bien hecho que se dió cuenta Angela, pero no le digo nada ... ella me dice que quién le manda a su hermana haberse casado con ese tipo tan perro, que ella le advirtió... yo empiezo a sentir naúseas... me hace la invitación a la fiesta, yo, muy decente, le agradezco y le digo que no, que ya no, que ya todo se acabó, que mejor dejar todo así, de lejos... al final ella me dice que yo cambié mucho, que lo que le hice le dió muy duro, que la decepcioné, que le dolió porque ella pensaba que yo era diferente a los demás hombres... pero que me había perdonado... yo le dije que sí, que lo que hice no estuvo bien, que qué cagada pero que el mundo me volvió así, la vida misma me corrompió... (claro, debí decirle, usted misma me corrompió, me jodió por dentro hijueputa, pero no, ¿para que eso?... ¿para que descargar esa energía negativa que luego se viene contra mi y me hace daño?) ... pero que estoy intentando volver a ser el de antes... ¿ya me olvidaste me dijo?... no, no te olvidé, pero todo ya quedó en el pasado, y ya.

Después de un rato nos despedimos, al final me dijo que lástima que no fuera porque ya tenía todo organizado... celebren sin mí, le dije.

No celebré el día de mi cumpleaños, no hice nada raro, creo que fui al cine. Este año cumplí 31, ya soy un adulto, ya dejé de ser un joven. Mi primo me llamó desde Estados Unidos, donde vive, a felicitarme. Nadie más me llamó, ni me felicitó. Unos días después Juancho llamó a disculparse, porque se le había olvidado mi cumpleaños, que me debía la invitación a celebrar, todo bien hermano, fresco, le dije... no le pregunté por la famosa fiesta. En el trabajo, como todos somos ya adultos, de mas de treinta, evitan celebrar el cumpleaños en forma pública y efusiva. Al día siguiente me felicitó Arianita, una compañera, y Sandra, una de las secretarias. Nadie más.