lunes, julio 02, 2007

"SER COLOMBIANO ES UN ACTO DE FE": JORGE LUIS BORGES


Jorge Luis Borges


Hola Emanuel:


¿Como estarás?. Le pido a los dioses de la selva que te cuiden, que estés bien. Yo estoy muy asustado, me duele pensar que te pase algo. Los dementes criminales de la guerrilla de las farc que te tienen secuestrado han realizado su última hazaña revolucionaria ejecutando, o poniendo como carne de cañón, o que se yo, a los diputados de la Asamblea del Departamento del Valle, que habían secuestrado, en un operativo digno de mentes enfermas, hace algunos años.

Gran "gesta" de esos hijos de puta que se autodenominan "Ejército del pueblo", al mejor estilo del cinismo uribista. "Todo tiene su contraparte", decía mi abuelo, y a la hijueputez, sinvergüencería, cinismo, mentira, corrupción y mediocridad de Uribe, los militares y los furibobos, se igualan los sofismas, babosadas, cinismo, mentiras, crímenes y descaro de esos idiotas útiles de las farc.

No es fácil ser colombiano Emanuel. La mayoría de los países del mundo te cierran la puerta en la cara si llevas el pasaporte que dice Colombia. Si tienes la fortuna de cruzar una frontera tienes que someterte a los vejámenes mas humillantes porque, la palabra "colombiano" es sinónimo de droga, crimen, mafia, guerrilla, corrupción, paramilitarismo. La doble moral de la comunidad mundial en este tema es directamente proporcional a las toneladas de coca que se meten para soportar el vértigo de la hiperproductividad del mundo desarrollado.

Yo no tengo nada en contra de las drogas, las he usado, porque me gustan las emociones fuertes, porque soy de los que piensan que hay que probar de todo, que es mejor morir en la batalla que morir sin haber luchado nunca, que hay que vivir sin miedo a la vida. Las drogas son producto de la revolución industrial, el proceso de síntesis de la coca fue desarrollado por primera vez por los laboratorios Merck y Bayer, en la segunda mitad del siglo XIX. Sobre éste tema escribí ésta entrada, titulada El Perico, cuando comencé éste blog. El mundo moderno, el vértigo del capitalismo, han sacado al hombre de sus estado natural y lo han convertido en una máquina productiva. Para soportar éste vértigo, ésta tensión, el hombre moderno recurre a alienantes, estimulantes y drogas como la televisión basura, el tabaco, el alcohol, la cocaína o el éxtasis. Es una realidad que algún día las sociedades desarrolladas tendrán que admitir.

No es fácil ser colombiano. Ya son cinco generaciones de colombianos los que hemos nacido bajo ésta violencia atroz, desde que se desató éste mierdero con el asesinato de Gaitán en el año 1948, ordenado por los líderes de los dos partidos tradicionales, Liberal y Conservador, grandes responsables de éste desastre. POR ESO JAMAS SERE DE ESTOS PARTIDOS POLITICOS, y eso lo deberían hacer todos los colombianos. Es increíble que un partido como el Conservador, cuyos líderes iniciaron ésta etapa de violencia, no hayan reconocido todo el daño que hicieron a los colombianos. Que hijos de puta.

Ya somos cinco generaciones bajo esta violencia que nos está matando por fuera y por dentro. Porque los colombianos estamos jodidos por dentro. Entre la guerrilla y estos gobiernos corruptos están acabando con la esperanza y la ilusión, que es el motor de un ser humano, y con el sentimiento de colectividad, que es el motor de una sociedad. El inconsciente colectivo de los colombianos está plagado de muerte, sangre, violencia, demencia. Eso nos ha hecho seres indiferentes e insensibles.

No hay colectividad, no hay unión, no somos nación, ni sociedad, ni comunidad. La sociedad civil está fragmentada, alimentada de odio y resentimiento, enferma de arribismo e ignorancia, promovidos hábilmente desde las altas esferas por los medios de comunicación.

Por eso ser colombiano es un acto de fé, como lo escribió el escritor argentino Jorge Luis Borges, en su cuento "Ulrica". Fé en algo que no tenemos, porque la identidad la perdimos, fé en algo que no somos, porque como nación y sociedad hemos fracasado, fé en algo que ni siquiera sentimos con plenitud, porque muchas veces desconfiamos mas de los colombianos que de algún extranjero, nos escondemos detrás de la fé para ocultar nuestra falta de iniciativa, nuestra ausencia de acción.

Borges, en su gran sabiduría, supo ver lo que era ésta sociedad. Que curioso, en éste cuento, "Ulrica", el protagonista es un colombiano, de Popayán, llamado Javier Otálora, profesor de la Universidad de los Andes. Es el único cuento sobre el amor, que escribió Borges.

Más que una deferencia hacia Colombia, o hacia la universidad que le dió el Honoris Causa, por allá en el año 1963, siento que en éste cuento, que publicó en su último libro de relatos, "El libro de Arena", en 1975, hay un mensaje oculto, algo mas que, tal vez, nos quiso decir a los colombianos éste escritor argentino. ¿Que mensaje oculto?. No te lo diré, mejor te dejo el cuento, profundo y sensible en los detalles, para que lo leas. Te aseguro que tu corazón colombiano llegará a conmoverse, y no sabrás porqué.




ULRICA

Jorge Luis Borges

(Del libro de relatos "El libro de Arena" (1975))


Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert.
Völsunga Saga, 27


Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, o cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis. Quiero narrar mi encuentro con Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de York. La crónica abarcará una noche y una mañana.

Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas de York, esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de Cromwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Eramos pocos y ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó.

-Soy feminista -dijo-. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco y su alcohol.

La frase quería ser ingeiosa y adiviné que no era la primera vez que la pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que decimos no siempre se parece a nosotros.

Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando supieron que era noruega.

Uno de los presentes comentó:
-No es la primera vez que los noruegos entran en York.
-Así es -dijo ella-. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo o algo puede perderse.

Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresióno su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas las descrubrí poco a poco.

Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano.

Me preguntó de un modo pensativo:
-¿Qué es ser colombiano?
-No sé -le respondí-. Es un acto de fe.
-Como ser noruega -asintió.

Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo que le gustaba salir a caminar sola.

Recordé una broma de Schopenhauer y contesté:
-A mí también. Podemos sair los dos.

Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven.

No había un alma en los campos. Le propusé que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona.

Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó.

Al rato dijo como si pensara en voz alta:
-Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido más que las grandes naves del museo de Oslo.

Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia Londres; yo, hacia Edimburgo.
-En Oxford Street -me dijo- repetiré los pasos de Quincey, que buscaba a su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres.

-De Quincey -respondí- dejó de buscarla.

Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola.

-Tal vez -dijo en voz baja- la has encontrado.

Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos.

Me apartó con suave firmeza y luego declaró:
-Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es mejor que así sea.

Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Tezas, clara y esbelta como Ulrica que me había negado su amor.

No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.

Tomados de la mano seguimos.

-Todo esto es como un sueño -dije- y yo nunca sueño.

-Como aquel rey -replicó Ulrica- que no soñó hasta que un hechicero lo hizo dormir en una pocilga.

Agregó después.

-Oye bien. Un pájaro está por cantar.

Al poco rato oímos el canto.

-En estas tierras -dije-, piensan que quien está por morir prevé el futuro.

Y yo estoy por morir -dijo ella.

La miré atónito.

-Cortemos por el bosque -la urgí-. Arribaremos más pronto a Thorgate.

-El bosque es peligroso -replicó.

Seguimos pos lor páramos.

-Yo querría que este momento durara siempre -murmuré.

-Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres -afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.

-Javier Otálora- le dije.

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.

-Te llamaré Sigurd- declaró con una sonrisa.

Si soy Sigurd -le repliqué- tu serás Brynhild.

Había demorado el paso.

-¿Conoces la saga?- le pregunté.

-Por supuesto -me dijo-. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos.

No quise discutir y le respondí:

-Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.

Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la otra, el Northern Inn.

Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó:

-¿Oíste el lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate.

Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de William Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y pájaros. Ulrica entró primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo a dos aguas. El esperado lecho se duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaba muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba al tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.

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¿Como te pareció?. ¿Descubriste el mensaje?. Yo creo que la respuesta parece estar en la misma lápida de Borges, que está enterrado en Ginebra, Suiza. En una de las líneas de la lápida se lee: "De Ulrica a Javier Otálora". Cuando me enteré de esto me sorprendió que Borges escogiera su único personaje colombiano como la puntada última de su largo trasegar de escritor. Borges escogió como su alter ego final a un colombiano enamorado. También se esconde algo en el epígrafe, que cita una desgarradora historia de amor de una de las narraciones mitológicas nórdicas, llamadas sagas.

Tal vez sea eso lo que quiso rescatar Borges de nuestra maltrecha identidad: el corazón enamorado, el sentimiento de desolación, desesperanza y abandono que nos acompaña y la fé en algo, que no sabemos que és, que algunas veces lo odiamos y hasta nos hace daño, que a todos nos duele, pero que siempre nos acompaña: ser colombianos.

Somos un acto de fé, porque a todos nos duele Colombia, pero no hacemos lo suficiente para cambiar ésta situación tan terrible que vivimos. Ser colombiano es un acto de fé: algo que se queda en una idea abstracta que existe como pura ilusión, pero que no se hace realidad. ¿Que piensas tu?. ¿Que piensan ustedes mis hermanos colombianos, mis hermanos bogotanos?.

¿Dejaremos de ser, algún día, un acto de fé para ser una verdadera sociedad?


ESTA ENTRADA ESTA DEDICADA AL PROFESOR GUSTAVO MONCAYO,
Y A LOS COMPATRIOTAS QUE SE LE HAN UNIDO,
QUE RECORREN TODA COLOMBIA A PIE,
BUSCANDO CONMOVER A LA SOCIEDAD COLOMBIANA
PARA QUE PRESIONE AL GOBIERNO DE URIBE
POR UN ACUERDO HUMANITARIO
QUE LOGRE LA LIBERACION DE SU HIJO,
SECUESTRADO POR LAS FARC HACE DIEZ AÑOS,
Y DE TODOS LOS SECUESTRADOS



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EL PROFESOR GUSTAVO MONCAYO Y SU HIJA

ESTO ES MAS QUE UN ACTO DE FE

(Foto Agencia EFE)