lunes, abril 17, 2006

BIENVENIDA EN LA CANDELARIA ( IV )


BIENVENIDA LA LUJURIA BOGOTANA


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La lujuria en "El jardín de las delicias" de El Bosco

Mientras nos tomábamos la media de guaro todo empezó a suceder como si fuera un juego. 


El hombre de la tienda se acercaba a las mesas cojeando, se movía haciendo un gran esfuerzo. Me impresionaban sus movimientos, retorcía el cuerpo al dar cada paso. Me ofrecí a llevar las botellas de nuestra mesa a la barra pero el hombre se molestó. Todo bien, hay personas que se ofenden frente a cualquier forma de consideración hacia ellos, a mí me pasa lo mismo cuando la gente se entera de mi vida y tampoco me gusta.

De repente llegó un hombre mayor, rubio, con una guitarra muy trajinada. Saludó al hombre de la tienda y se pusieron a conversar. Un momento después el hombre de la tienda quitó la música, el rubio se sentó y empezó a tocar la guitarra. La vida es muy graciosa, hay momentos que parecen escritos por alguien que quiere decirnos algo, los dioses burleteros. El rubio tocó Cocaine, la canción de Eric Clapton. Ahora que la escucho de nuevo pienso que es una canción para ser tocada en Bogotá. Acá se las pongo en una magnífica versión en concierto, interpretada por su autor:



COCAINE

ERIC CLAPTON


La melodía sonaba tan desvencijada como la guitarra del rubio, pero le imprimía un aire muy auténtico al lugar. 


Valentina y Juanita escuchaban, encantadas, ya que les gusta el perico y de vez en cuando se meten un pase. Por fortuna esa noche ellas no llevaban perico, no imagino lo que pudo haber sucedido.

En las otras mesas había dos grupos que se estaban gozando las canciones tanto como nosotros. El sonido de la guitarra, desafinada, retumbaba con encanto, algunos acompañaban con su voz al cantante. Que maravilla Bogotá, de verdad. El rubio interpretó algunas canciones de los Beatles y de Bob Dylan.

Después de una tanda paró para descansar. Nosotros lo invitamos a una cerveza. Nos contó que era de Estados Unidos y que llevaba mucho tiempo viviendo en Bogotá. Para ser gringo el man tenía apariencia de jodido pero cuando tocaba la guitarra se notaba que se la gozaba. Conversamos largo rato con él. Se vino por acá gracias a su amor por una bogotana, la bogotana se fue y el se enamoró de la ciudad y del país, que consideraba maravilloso pero difícil. Regresó a su país pero volvió muchas veces hasta que finalmente se quedó. "Lo mejor de Colombia es Bogotá" sentenció, con su acento aún agringado.

Tomó de nuevo la guitarra para la siguiente tanda. La simpatía natural de Valentina y Juanita atrajeron al gringo, que les dedicó una canción, pronunció una frase enredada, guiñó un ojo a mis dos acompañantes y sonrió enseñando en todo su esplendor su dentadura incompleta. Dijo algo acerca de la belleza de las bogotanas y empezó a tocar. Cuando escuché los acordes sentí un estremecimiento en todo el cuerpo.


De inmediato vinieron a mi cabeza las palabras de Andrés Caicedo, celebrando la perversiones que generan en el oyente las canciones de los Rolling Stones, en especial la que interpretaba el gringo. 

La noche adquiría un rostro de perfección oscura, tuve la impresión de que en todo lo que sucedía había un mensaje oculto, el presagio pérfido pues la canción que tocó era la perversísima Gimme Shelter, de los Rolling Stones. Ahora, en la distancia, siento que esa canción marcó el ritmo de aquella noche. Aquí se las pongo, en una maravillosa versión en concierto, con Mick Jagger en su mejor momento:


GIMME SHELTER

PERVERSA CANCION DE LOS ROLLING STONES


Cuando terminamos la media de aguardiente la noche se disparó. 

Las cosas acontecieron como en cortas escenas. Salimos del bar. "Estaba bueno el guaro", dije, mientras los tres caminábamos dando tumbos. Valentina tomó camino y nosotros la seguimos. "¿A donde vamos?", pregunté. "A fumarnos un bareto", dijo Valentina. "¿En donde?". "Allí, en un parque que conozco". "¿En la calle?". "Claro, en la calle, no me diga que tiene miedo". “No, que va”, dije, espantando de mi cabeza la idea de que la policía nos pillara y arruinara todo. Si un o piensa que algo malo va a pasar atrae las malas energías y lo que se ha oensado finalmente sucede.

No dije nada más, simplemente me dejé llevar. Juanita me miraba y sonreía, abrazaba a Valentina y le decía cosas al oído. Pasamos frente al bar Casa de Citas y llegamos al parquecito que hay en la esquina de esa calle. El parque tiene una valla pero estaba abierto. Entramos. Nos sentamos en una de las banquitas, al lado de los columpios. Valentina sacó de su cartera una pequeña bolsita con una hierba verde y aceitosa. “Ármelo usted, que es el especialista”, me dijo. Empecé a armar el bareto mientras comentábamos las maravillas que se pueden vivir en Bogotá. “Esto no se puede hacer ni en Madrid, ni en Berlín, ni en Ámsterdam”, dijo Valentina. Yo las miré, las dos lindas, sonrientes. “Que maravilla estar con ustedes otra vez”. “Ay, se nos puso tierno el muchacho”, dijo Valentina. Las dos se acercaron y me dieron sendos picos.

El bareto estaba listo, lo encendí, le pegué unas cuantas caladas y lo pasé a Juanita. 

Ella pegó una calada y miró con atención el porro, cilíndrico, bien formado. “Me encanta como armas los baretos”, dijo, con la lengua un poco enredada. “Si ve Juana, ya está hablando trabado, le dije que el guaro le iba a pegar duro”, dijo Valentina. “Me encanta, me encanta”, volvió a repetir Juanita. "Bueno, en ese aspecto soy un profesional", dije. "Es que usted es un duro, se las sabe todas", dijo Valentina, con burla. "No todas, tan sólo las suficientes para vivir como me gusta", respondí. "¿Y como te gusta vivir?", dijo Juana. "Sin ataduras, con la mente libre de prejuicios", dije y sonreí. Valentina y Juanita sonrieron. "Es que él es lindo, ¿cierto?”, le dijo Valentina a Juanita, que afirmó sonriendo. Valentina me abrazó y me dio otro pico. Me pasaron de nuevo el bareto, del que quedaba un poco. Ambas estaban mareadas y no querían más. “Bueno, ahora si vámonos de rumba, de rumba corrida”, les dije, mientras me acababa lo último que quedaba. Estábamos de buenas, cuando salimos del parque llegaron un par de policías en moto, olisqueando. 

Nada pasó.

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Bar Escobar y Rosas, uno de los mejores bares de Bogotá


“¿Y a donde vamos?“, preguntó Valentina. “A Escobar y Rosas”, les dije. 

Llegamos al bar, les pagué la entrada y entramos. Ya estaba lleno. Logramos ocupar un espacio en la barra y nos acomodamos. Pedimos tres dry martinis. A esta altura de la noche los tres sentíamos los efectos del guaro, la cerveza y la bareta. Mientras Valentina y Juanita conversaban entre ellas y reían, yo observaba a mi alrededor, abstraído. Miraba con sorpresa a la gente en el bar, disfrutando, riendo, compartiendo. Sentí mucha alegría de ver a la gente bogotana, de observar a la gente de mi ciudad pasándola bien, simplemente bien, descargando buena energía, esa energía bogotana, andina, esa energía de altiplano profunda y poética. La música estaba buena, yo me movía mientras bebía, en pequeños sorbos, el delicioso dry martín que sirven en Escobar y Rosas.

Juanita se puso de pie y se acercó a un man. “La Juana ya está borracha”, dijo Valentina, cagada de la risa. Cuando volví a observar a Juanita se estaba besando con el tipo. "Empezó la fiesta", le dije a Valentina. Juanita volvió, con un gesto de triunfo. Me miró. "Que afortunado ese man, le regalaste lo mejor de la noche", le dije. Juanita miró a Valentina. "Quiero darte un beso", le dijo a Valentina. "No Juana, no quiero besarla", dijo Valentina. "Voy a besarlo a él". Juanita me besó, así, de sorpresa. Valentina miraba a todos lados y sonreía. "Oiga Juana, los amigos del tipo ese que besó están que miran". "Ah, que va... besémonos Valentina", dijo Juana. "Que no". "Que pasa Vale, no me diga que ahora te pesan los treinta... mira estos manes de la barra, esta gente se sorprende con nada, a mi no me importa besarme con ustedes", le dije. "Si, claro, cómo no... usted feliz", dijo. "Vamos Vale, que pasa... ¿a los treinta ya no te gusta la aventura?, ¿ya no te quieres romper las convenciones de esta sociedad tan conservadora?". Valentina nos miró, resignada. Me besó primero, largo, profundo. Luego me besé con Juanita, beso apasionado, apasionadísimo. Luego ellas dos se besaron. La gente de la barra nos miraba con asombro, algunos nos miraban como si fuéramos herejes en una iglesia. Por dentro yo sentía una carcajada a punto de estallar, siempre me causaba gracia la reacción de la gente cuando hacíamos eso. Ellas dejaron de besarse. "¿Contentos?", dijo Valentina. Los tres soltamos una carcajada.

Un momento después llegó una amiga de Valentina, las dos se pusieron a conversar. Juanita me tomó la mano y la puso en su firme culo. "Quiero que me comas esta noche", me dijo al oído, "esta será la única noche". Valentina no escuchó. Me dí cuenta que era algo que sólo iba a quedar entre los dos. Juanita me volvó a besar y apretó de nuevo mi mano contra su culo. Yo lo tomé con fuerza, sentí su cuerpo firme, lindo. Nos movimos un poco al ritmo de la música. Yo, detrás de ella, la apreté contra mi cuerpo con fuerza y besé su nuca. Sentía un extraño júbilo dentro de mí. El olor de su cuerpo me llenó de deseo, me conmovió, me llenó de calma y felicidad. Siempre esperé tener algo con Juanita, y la forma como estaban sucediendo las cosas me parecía mágica. La sentí intensamente, ella, de espaldas a mi cuerpo apretándose contra mí con fuerza. La amiga de Valentina se fue. Solté a Juanita y me di vuelta para conversar con Valentina. Juanita trastabilló y alcanzó a resbalar. "Juana ya está borracha, vámonos", dijo Valentina, molesta.

Salimos del bar. Los tres caminábamos dando tumbos. 

Cogimos calle arriba, por la calle trece. Juanita y Valentina se fueron adelante, abrazadas, conversando entre ellas. Yo, detrás, las observaba, desconcertado, no sabía que iba a pasar. Llegamos a otro bar, que conocía Valentina. El bar estaba vacío. Valentina se puso a conversar con el dueño. Nos sirvieron cervezas. Sonó una canción de Willie Colón, "Oh, que será". Juanita me invitó a bailar. Fuimos hacia la pista, donde Valentina no podía vernos. Nos abrazamos y empezamos a bailar.

Nos besamos con ganas. 

Quiero poner la canción, para que la escuchen, para volver a vivir en el recuerdo ese momento.


OH QUE SERA

WILLIE COLON


Bailamos despacio y nos besamos durante toda la pieza. Yo la besaba con el deseo y el gusto de ese momento tantas veces esperado. 

Dar un beso con las ganas de la ansiedad, con las ganas y el gusto del beso que tantas veces se quiso dar es una de las sensaciones mas intensas que se pueden sentir. La besaba con el alma, con el cuerpo, con lo mejor de mí, con lo mejor de todo el amor pasajero que muchas veces quise darle. Yo pienso que Juanita sintió eso, mi deseo inmenso y profundo de besarla desbordando sus labios. Juanita volvió a decirme que me fuera con ella, que nos fuéramos a hacer el amor. Valentina se apareció y nos vió besándonos.

Salimos. Valentina decidió que la rumba había terminado. Bajamos de nuevo a la Jiménez con cuarta. La calle estaba llena. Había llegado la policía que estaba requisando. Había mucha gente afuera. Nosotros pasamos dando tumbos. Increíble, éramos invisibles a la policía, que requisaba a todo el mundo, y eso que nosotros llevábamos la bareta. De los tres, Juanita era la mas borracha, casi no se podía sostener. Valentina, furiosa, le reclamaba por haber tomado aguardiente. Yo las llevaba del brazo, sosteniendolas cuando trastabillaban. De repente un carro que subía a toda velocidad frenó y se bajaron dos hombres armados, que corrieron hacia nosotros. Mierda. Detrás, también corriendo, venían tres policías con sus armas en las manos. Como pude las metí en un bar. Parece que los tipos se habían robado un carro. En segundos la calle se llenó de polcías armados que lucían sus enormes pistolas en la mano. Que susto tan berraco.

Cuando todo se calmó un poco bajamos hacia el parqueadero. Valentina entró a sacar el carro. Yo me quedé afuera con Juanita, sentados en el piso. Al lado, un policía armado vigilaba la calle. Ella recostó su cabeza en mis piernas. Yo le acaricié el cabello, le acaricié el rostro. Ella me miraba, en silencio. Yo miraba sus cejas, negras, hermosas. "Juanita, que linda eres", le dije, con sincero sentimiento. Ella se incorporó, se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a besarme. Yo estaba mareadísimo, borrachísimo.

La bese con deseo, metí toda mi lenga en su boca, le levanté la blusa y besé sus senos, que no conocía, que no había probado, firmes, no muy grandes, sus pezones, gruesos, deliciosos, los recorrí con mi lengua, apasionado. 

A nuestro lado el policía no se daba cuenta. Las personas alrededor miraban hacia la calle, donde capturaban a los hombres del auto. Alguien, a lo lejos, nos señaló, algunos nos empezarpn a mirar. Nos besamos sin pensar en nada mas. Ella se frotaba con fuerza contra mi cuerpo. Poco después salió Valentina.

El viaje de regreso lo hicimos en silencio. Valentina y yo adelante, Juanita atrás. Valentina nos dejó en el edificio donde vivía Juanita, en la quinta con setenta. Nos bajamos y ella arrancó, molesta, sin despedirse. Juanita no se podía sostener de pie, pero insistía en que subiera con ella. Yo no sabía que iba a suceder, no pensaba, solo me dejaba llevar.

Subimos. Abrazados, besándonos, llegamos a su apartaestudio. Juanita, de la borrachera, no podía abrir. Busqué las llaves en su bolso y abrí. Juanita reía. "Mañana no me voy a acordar de nada, esto sólo puede pasar hoy", me decía. Yo la miré. Recordé la frase de García Marquez "Uno viene a este mundo con los polvos contados". Ella quería estar conmigo una noche y nada más. Yo no era su tipo, soy un subterráneo, un vagabundo, un itinerante, un gitano que detesta las formas de la gente bien que a ella le encantaba, no era como los manes que a ella le gustan y así iba a ser. Sólo me correspondía esa noche y nada más. La besé para callarla. Entramos abrazados, besándonos, estrellándonos contra todo llegamos a la cama. Nos besamos un rato. En mi cabeza retumbaban sus palabras, me incorporé. Sentía una mezcla de dignidad, de humillación pero también de orgullo, pues allí estaba ella, deseando estar conmigo.


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Sexo real y amistad como en la película 

"Nine songs" de Michael Winterbottom


Juanita sonreía y me miraba desde la cama. Poco a poco se quitó la ropa hasta quedar desnuda. 

Observé su cuerpo delgado y firme, sus piernas largas moviendose como las extremidades de una medusa, llamándome, su pubis oscuro, custodiando un secreto delicioso. Allí estaba, en todo su esplendor, en toda su plenitud, el poder femenino, el delicioso sexo femenino llamándome, y yo, frente a él, sin poder decir que no, cuando tal vez debía decir que no. Me sentí un ser inferior, un animal esclavo de su instinto, sentí la verdad de ese principio que afirma que los hombres somos inferiores a las mujeres porque somos esclavos de los instintos, mientras ellas los manejan a su antojo. Me quité la ropa. "Me gustan tus tatuajes, me gusta tu cuerpo firme", me dijo. Si alguien ha visto la película "Nine Songs" podrá hacerse una idea de cómo es Juanita, pues se parece mucho a la protagonista, delgada, bella.

Me recosté a su lado y la besé. Empecé a explorar su cuerpo caliente. 

Puse mi mano entre sus piernas, estaba mojadísima. Me puse sobre ella y empecé a besar su cuello, sus senos, sus pezones, su vientre. La besaba y la mordía. Ella reía, "que rico", decía. Bajé mas y besé su vagina, humeda, deliciosa. Besé, lamí, chupé, recorrí con mi lengua sus labios, su clítoris, besé con mis labios su sonrisa vertical. Ella sonreía, complacida, con sus manos acariciaba mi cabeza. Su cuerpo empezó a temblar. Probar su cuerpo aumentó mi deseo, sentir el sabor de su vagina en mi boca me hizo perder la razón. Como loco buscaba introducir mi lengua cada vez más, pasaba una y otra vez mis labios y mi lengua por su clítoris, por sus labios. Ella me atrajo hacia su rostro y nos besamos, metió su lengua en mi boca, me hizo dar vuelta y se puso sobre mí. Busqué un condón que tenía a mano pero ella me lo quitó. "Sin condón", dijo. Lentamente hizo que yo la penetrara. En cada corta embestida suspiraba con fuerza. La sentía mojadísima y eso me exitaba aún más. Empezamos a movernos con mas ritmo, ella se apretaba, haciendo que yo la penetrara profundamente, sonreía y me besaba. "Quiero que me comas como lo hacías con Valentina", dijo. Poco a poco aumentamos el ritmo. Yo respiraba con fuerza para no venirme antes de tiempo, llevando el ritmo de la respiración. Ella se vino, se mojó aún más, emitió un gemido largo y hondo.

Sin detenerse se incorporó y se dio vuelta, para que yo la tomara por detrás. Así descubrí su tatuaje. Era un tribal cuya visión me volvió loco. "Dame duro", me dijo. 

Lo hice con ritmo y con fuerza, a ella le gustaba. "Duro, duro", me decía. Se recostó, aún de espaldas y así la pude penetrar profundamente, sin cesar. Ella gemía, "que rico...", decía. Yo me detuve, lo quería hacer de frente, mirándola a los ojos. Ella se dió vuelta. Yo la miré a los ojos y la penetre así, mirandola con fijeza. Empezamos a hacerlo así, yo empujaba con fuerza, para estar dentro de ella cada vez mas, cada vez más. Ella, mojadísima, sonreía y no dejaba de mirarme a los ojos. "Córrete dentro de mí", me dijo. No supe que decir. Ella tomaba mis nalgas con fuerza y las atraía, me clavaba las uñas. Aceleré el ritmo. "No pares, no pares, me voy a venir", me decía. Controlé la respiración, hice un gran esfuerzo para evitar venirme antes que ella. Ella volvió a emitir un gemido largo y hondo, se estaba viniendo. Sentí que se mojó aún más, perdí el control y aceleré el ritmo, sin detenerme. Sentí que me venía, empujé con fuerza dentro de ella, una penetrada profunda que repetí una y otra vez. Ella me clavó las uñas en la espalda. Me vine, sentí que salía de mí un río completo mientras nos mirábamos a los ojos... ella sonrío. Nos quedamos un rato abrazados entrelazados, respirando agitadamente, recuperando el aliento, yo sobre ella sudando como un caballo, luego nos separamos.

Juanita se durmió. Yo estuve un rato despierto, mirándola, pensando. Había caído de nuevo. La lujuria de la cual me creí curado volvía a mí. 

Me sentí mal, tuve la sensación que había entrado en el túnel de mi decadencia, camino oscuro que iba a durar mucho tiempo. Me puse de pie y me vestí. Ella ni se dió cuenta. Yo salí, bajé a la séptima. Estaba a punto de amanecer. Busqué algún lugar donde comer algo, estaba hambriendo y con una sed del carajo. Sentía una mezcla de felicidad y tristeza. En mi cabeza retumbaba ésta canción, un flamenco llamado "De los malos", que retrata fielmente mi caída. La pongo aquí para que la conozcan, para que me conozcan un poco más.



DE LOS MALOS

EL BICHO

"Y yo que soy de los malos,

quisiera volverme bueno..."


Ese día no la llamé. Pensaba en ella y en todo lo sucedido. 

No la llamé al día siguiente ni en toda la semana, ni en mucho tiempo. Ella tampoco me llamó. Un mes después, cuando hablé de nuevo con Valentina, me dijo que Juanita le habia dicho que no recordaba nada de lo sucedido esa noche. No volví a hablar con Juanita hasta un año después, en un asado de despedida que le hicieron a Valentina. Sin embargo yo seguí pensando y recordando muchas veces lo sucedido esa noche. Conseguí "Nine Songs", la excelente película de Michael Winterbottom, sólo porque Juanita se parece a la actriz, porque su sexo desbordado me recuerda esa noche en que hice el amor con ella, porque sentí que así he vivido, un poco, el sexo bogotano, el sexo en Bogotá. Esta sociedad lucha por librarse del manto conservador que le ha impuesto su élite oscura. Esta sociedad mojigata pero lujuriosa, a la cual pertenezco, pues también soy un poco mojigato ya que soy bogotano.


Cada vez que veo esa película me acuerdo, con nostalgia de esa noche en que sellé mi destino, cuando volví a caer en la enfermedad de la lujuria bogotana.

FIN